sábado, 9 de agosto de 2008

El MIEDO.

¿Saben que el miedo tiene olor? Sí. Queda impregnado en la almohada, la ropa, las sábanas. Nos persigue. Tiene color también. Enceguece. No permite razonar ni sentir con claridad. La cara de miedo frente a lo deseado apaga cualquier fuego. El miedo se toca, se va localizando en el cuerpo. Por eso hay que moverlo para que no se instale de por vida. También se escucha. La voz del miedo es temblorosa, ahorcada o camuflada en el grito
¿Se han puesto a pensar de qué manera el miedo nos va convirtiendo lentamente en prisioneros? Esos momentos en que decimos:”Mejor no le contesto porque si le digo algo es para pelear”. Y luego de 15 veces de hacer lo mismo, un día llega Pepa o Pepe a casa y vuela la silla. _ “¡Pero si yo no hice nada!” “Llegué, dije hola y me voló un sillazo”. No tuvo en cuenta, con toda seguridad, las 15 veces que esa persona había tragado saliva para no expresar lo que le pasaba. Fue un sillazo esta vez, pero podría haber sido un grito, un insulto, una bofetada…podría haber seguido así 15 veces más o incluso, toda la vida o podría haber sido mucho peor. La respuesta estaba directamente relacionada con el número de veces que se "aguantó". Sorpresivamente, una noche hay que salir corriendo en ambulancia. Peritonitis, úlcera, hipertensión, accidentes, cólicos renales, intestinales, vesiculares…Todo por dos pesos. Porque hay que “tragarse lo que uno siente”. Pregunta: ¿Hay que tragarse lo que se siente? ¿Cuánto hay que aguantar, tolerar? ¿Qué se nos fue de las manos?
¿Será que la primera vez que se presentó el maltrato se aguantó sin decir nada? ¿Será que a pesar de la bronca, se puso cara de “Sí, por supuesto, como usted diga” y sonrisa por medio y con cabeza gacha se obedeció? ¿Será que se prefiere pasar por tonto antes que decir lo que pensamos o sentimos? Es que nunca se va por menos. Una vez contratado el modelo vincular, siempre se va por mas. Después del primer sopapo, el segundo está asegurado. Y el tercero…y el cuarto…
En caso de que la violencia, la agresión, el ataque sea directo, tenemos la posibilidad de reconocerlo a tiempo. Como en los westerns de antes. Sabíamos quiénes eran los malos y quiénes los buenos. Ahora bien, esa violencia más sutil, escondida detrás de una sonrisa, de una debilidad, una enfermedad, la adulación, que somete a todo un grupo familiar o a la comunidad, pero hábilmente manejado como para que no se sepa de dónde vienen los tiros, es muy difícil de maniobrar. Allí donde se da vuelta la tortilla y quedamos preguntándonos con la boca abierta: “¿Y esto cómo sucedió?” “¿En qué momento me manipularon de tal forma que quedé pagando como el peor?” En realidad, es un ejercicio continuo. Es comprender que el decir lo que nos pasa con respeto, haciéndonos cargo de nuestra parte sin reprochar o responsabilizar a los demás de lo que sentimos, no significa pelear ni convencer a nadie de que tenemos razón. Es abrirnos al otro desde nuestro más auténtico sentir. Y fundamentalmente también, estar dispuestos a escuchar. De no ser posible, ante la primera manifestación de algo que nos pretende someter a través del poder, del poder abierto visible o del poder manipulador sutil disfrazado, hacerlo evidente. Si nos están gritando, decir simplemente “Me estás gritando”, por supuesto sin gritar. Si alguien nos pega o ataca, la primera vez es “su responsabilidad”, pero la segunda…ya no. No deberíamos habernos quedado para que nos volviera a pasar. Al menos sin tratamiento por medio y a veces, aún así.
Contratamos un modelo vincular en la primer etapa relacional. Y si por miedo dejamos que se nos maltrate, así será ese vínculo dominado-dominador. Quien está acostumbrado a dominar y tiene ansias de poder, olfatea a distancia a quien se deja abusar y obviamente, si lo dejan, se abusa. Claro que siempre podemos ir a "paritarias", pero violencia por medio, es muy poco probable.
Pongamos un ejemplo: "A ver...che...vos...vení para acá, querés...ahora mismo que estoy apurado" ????????? Si cortamos esa forma y respondemos algo así: "Perdón, me está hablando a mi?" Ya estamos dando un primer paso para modificar ese pretensioso estilo. No me doy por aludido. Re-formateo, como para estar mas modernosa. Re-contrato el modelo. Pero no desde la soberbia. Sólo corto un modo descalificativo, peyorativo con el que no acuerdo. Aunque también se puede apelar al humor. Pero podemos caer en la ironía, de la que es muy difícil salir sin heridas. Es un tema cultural que entre varones y mujeres, existan sin pensarlo determinados "tratos", "formas". Si no nos gusta, debemos saber conectarnos con esa sensación de molestia, aunque no la veamos claramente. Y no contratar. Poder decir rotundamente: "Así no". "No te dirijas a mi de esa forma, por favor."
Existen falsas creencias de que si aguanto mas, se va a dar cuenta de cuánto lo/a amo, O si me ato a tal o cual, también va a atarse a mi. Si dejo de hacer lo que realmente deseo, también lo va a hacer por mí. Apenas nos damos cuenta de que dependemos de otros para que “nos completen”, nos “llenen”, sentimos la necesidad urgente de CONTROLAR lo que dicen, lo que hacen. Además, hay que irse. Y si no podemos hacerlo frontalmente, habrá que hacerlo de cualquier forma que nos libere de nuestra responsabilidad y que haga a otro pisar el palito como para cargarlo con una decisión propia. O sea, como todo mecanismo de defensa de la mente es retorcido como el mejor.
Y todo esto comenzó simplemente por miedo. Por miedo interpretamos que un ofrecimiento laboral es una propuesta de matrimonio, por miedo me alejo de un Amor aduciendo incompatibilidades incomprensibles, por miedo abandono un tratamiento cuando empiezo a mejorar, por miedo dejo que un jefe me maltrate aunque no lo merezca, por miedo permanezco en relaciones infelices, por miedo no levanto la cabeza para decir lo que pienso, lo que siento y por lo tanto, no puedo hacer lo que deseo. Por miedo enfermo y me convierto en esclavo/a. Por miedo caigo en adicciones que es una forma de darme lo que creo que merezco y no “me fue dado”. Si he sido abusado en mi infancia, y por miedo no pude, no quise o no supe buscar ayuda, o si lo hice no se me creyó, voy a abusar de mi mismo con una sobre dosis de lo que sea.
El miedo todo lo distorsiona. Nos lleva a mentir. Nos hace omitir y mas tarde… ¡guadaña! El miedo no nos deja vivir con sinceridad. Nos somete a permanecer atrincherados a reparo de los propios sentimientos. Amurallados entre lo pendiente y lo resguardado. Nos acorazamos y endurecemos aunque seamos capaces de mantener una vida social que nos esconda, argumentando que tenemos en claro que no podemos asumir ciertas cosas porque tenemos miedo. Y se dice con orgullo, como si fuese estupendo tener esa visión tan clara de esa personalidad. Son simplemente excusas. Justificaciones. Construimos murallas alrededor nuestro para poder controlar las distancias afectivas y terminamos agotados por sostenerlas para que no avancen sobre una frágil voluntad. Los abusos que soportamos por miedo nos van convirtiendo en abusadores. Nos transformamos en aquello mismo que tanto hemos padecido.
El cambio es interno. Sacar a Pepa o Pepe y poner a Margarita o Margarito en su lugar, sólo cambiará una cara, pero seguiremos relacionándonos con el mismo personaje interno, más allá de la cara, hasta que nos decidamos y animemos a AMAR. Ese es el verdadero Paraíso, recrear el Cielo en la Tierra. Conectarnos con la vida y atrevernos a sentir y a expresarlo libremente.
Desde el alma y con el corazón. Liliana M. Pérez Villar

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