domingo, 20 de septiembre de 2015

ACOMPAÑAR AL DOLOR CON AMOR.


Cada Sanador, que se precie de tal, debería comprometerse a pasar por la experiencia de la camilla, voluntariamente, al menos, una vez por semana. Pasar por ese estado de indefensión en el que se encuentra cualquier ser atravesando un tiempo de enfermedad o convalecencia. Es notable cómo cambia la perspectiva, el hecho de estar acostado, desnudo o con una bata mal abrochada, transparente, sin ropa interior, enchufado a aparatos sospechosos y ruidosos, a merced del estado de ánimo de quienes estén a cargo de la situación. El tono de la voz, los golpes en las puertas, las carcajadas, los traslados en sillas de ruedas, los tropiezos sobre la cama de un paciente o la brusquedad de los movimientos con los que habitualmente el “sano” se desplaza, pueden llegar a ser fuente de preocupación, amenaza, sensación de inseguridad o miedo, riesgo y hasta violencia. Todos los sentidos se amplifican cuando se está expuesto. Cuando se pierde el “supuesto control” (que nunca se tiene, pero se cree tener). La urgencia en la que se vive en quirófanos, guardias, unidades coronarias, terapias intensivas, es generadora de tanto stress, ansiedad, miedos y pánicos, que suelen convertirse en factores tan necesarios como agravantes, para quienes en ellas se encuentran. Obviamente no estoy sugiriendo que se vayan a operar masivamente, o se enfermen a propósito, es claro, no? Pero tal vez, ponerse literalmente, en condición de inferioridad, al menos un ratito, (no se asusten), para recordar o conectar un poco, con ese estado de alerta, defensivo, anti-álgico que se asume naturalmente frente a la sensación de peligro. Digamos, “sintonizar con la energía del otro”, “ponerse en el lugar del otro”, siempre ha sido un muy buen ejercicio de humildad y por eso mismo, muy poco practicado. Las cosas más sencillas, más simples que un ser humano realiza diariamente, pueden llegar a convertirse en un drama nacional, sin resolución inmediata. Desde darse vuelta en la cama solo, qué digo darse vuelta, mirar para otro lado, puede ser complicadísimo, dependiendo del caso. Comer, masticar, tragar, respirar, aguantar la misma posición en la cama durante días, a veces enyesado, o fajado, o con férulas u operado, etc.…sin entrar en lo más difícil de resolver, como el simple hecho de ir al baño. En esos momentos en que uno siente que es la única persona que va a contramano del resto del mundo, que es un inútil, que no sirve para nada y que nunca se va a recuperar, es precisamente, cuando hay que ser más fuerte. Aprender a perseverar en la adversidad. Saber ser y estar, más allá del cuerpo físico. Hay situaciones verdaderamente INSOPORTABLES. Son esos momentos en que sentimos que nuestras fuerzas claudican, el ánimo decae y nos entregamos. El dolor, el sufrimiento, el padecimiento se hace intolerable. Y aparece la resistencia humana. “NO PUEDO MÁS”. Y uno se entrega. Pero se equivoca en esa entrega humana. La entrega debe ser a una Fuerza Superior que todo lo mueve, todo lo genera, y que necesita de nuestra renuncia al control más que de nuestra resistencia. Hay un aspecto que tiene que ver con la desesperación, que nos hunde más en el sufrimiento que atravesaremos igual, de una forma o de otra. Acompañar con templanza lo que nos toca vivir, hace menos traumáticas las experiencias dolorosas. Algo tan simple como RESPIRAR bien, CONFIAR, ENTREGARSE, NO ENOJARSE, puede ser muy valioso. Estar acompañado por personas amorosas, con capacidad de generar cuidados, (que son menos de lo que parece si se hacen con AMOR), es fundamental e imprescindible y puede ayudar mucho. La ternura es un factor esencial para el trato con alguien “lastimado, herido, en dolor”. Pero es muy difícil acompañar a alguien “en necesidad”, cuando se tienen miedos sin resolver, cuando el tema socio-cultural vida-muerte está poco claro, cuando nuestra vida no está centrada, cuando se está enojado o harto de las cosas como están. Por eso insisto, más allá de amigos o familiares que acompañen en este transe, o que no acompañen pero convivan, les sugiero a los Arte Sanos de la Medicina, sobre todo Moderna, que se bajen del púlpito de la Salud y se ubiquen en la condición de quienes dependen de ellos para su bien estar. Dios está en el Cielo. La Medicina es sólo un vehículo científico para ayudar a resolver los problemas de la salud-enfermedad. Dependerá de la calidad de ese ser en servicio y de su disponibilidad frente al doliente, su humildad y empatía, el vínculo de cuidado que pueda llegar a conformar para transitar el camino hacia donde toque ir. Desarrollar su espiritualidad además de la mente y el intelecto. Trabajar con sus corazas afectivas, para poder conectarse y relacionarse amorosamente con otro ser, recuperar la capacidad de emocionarse y convertirse en catalizador de energías con su actitud. Ser el portador del mensaje de la Resurrección. La vía de Rescate de esa alma, como decía mi abuela, “esa alma en pena”. Ponerse en el lugar del otro. Saber estar. Sintonizar. Cuidar. Mimar. Medir movimientos, sonidos, olores, sabores, estados… SENSIBILIZARSE ANTE EL DOLOR. SOLIDARIZARSE. OFRENDARSE.
Los abrazo con el alma y desde lo más profundo de mi corazón.
Liliana Marcela Pérez Villar

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