viernes, 4 de noviembre de 2011

Carballiño- Veiga- Familia.


Y bueno…cumplida la primera etapa del viaje, que tenía que ver con el Camino de Santiago…cumplida la segunda etapa, relacionada con el Congreso…les puedo asegurar, que la tercera etapa, que me llevaría a la Tierra de mis abuelos y el posible encuentro con familiares, fue un verdadero suceso. “SOP”: “SUPERÓ OBEJETIVOS PREVISTOS”.


Llegar a un lugar como Carballiño, es más, a una Aldea lindera como Veiga y preguntar por “Los Hijos de Dios”, son datos medio escasos como para dar con ellos. Me imaginaba parando a gente en la calle para preguntarles: -¿Disculpe, Ud. conoce a los Hijos de Dios? Y que me contestaran cosas como:-¿Pero no dicen que Dios está en todas partes?


Al llegar a la tarde a Carballiño, lo primero que hice fue buscar alojamiento, porque la mochila venía creciendo a medida que se acercaba el regreso a casa y pesaba mucho. Como Carballiño no está sobre el camino, no había Albergues, por lo que entré en varios hoteles que había encontrado por internet, hasta decidirme por el “Hotel Castro” (25 euros). ( www.hotelcastro.com)



Me acomodé, charlé un rato con los dueños, una pareja atenta, me pasaron unas referencias como para que empezara a moverme en mi búsqueda, tomé una cerveza con ellos y me fui a recorrer la ciudad. Comí algo por ahí y volví a dormir, con la idea de encontrarlos al día siguiente.


Por la mañana, fui al AXUNTAMIENTO O CONCELLO en busca de información sobre las abuelas y el abuelo materno, ya que al otro no llegué a conocerlo. Entusiasmada, comencé a contarles y antes de la tercera palabra, me interrumpieron para decirme que ellos no disponían de recursos como para brindarme información que no fuera actual. Muy amablemente, me recomendaron dirigirme a la Iglesia (espectacular Iglesia) y hablar con el sacerdote.


Estaba cerrada. Fui entonces a la casa sacerdotal. No había nadie. Al retirarme, crucé a un cura, que me dijo que ellos no disponían de datos al respecto y me pasó el celular de otro sacerdote, que vivía en no recuerdo qué ciudad. Como soy "tan intuitiva", me di cuenta que tenía que cambiar de táctica.

Medio decepcionada, comencé a andar por la ciudad y encontré una Fontanería con el apellido del abuelo. Esperé media hora porque no había nadie. El fontanero, aparentemente, era esposo de una prima lejana. No parecía muy interesado, si bien fue atento. Le dejé mis datos y dónde ubicarme para que se los pasara a su esposa. (nunca llamó).


Decidí que iría a pie hasta Veiga. Después de todo, lo que más me movía era conocer el lugar donde habían vivido mis abuelos. Me paré en la mitad de la calle y empecé a hacer un “Chikung interno” (Mariana diría un chikung rápido), pero no fue rápido.


Abrí los ojos y una pareja de gente muy mayor caminaba hacia mí. Ahí supe con certeza que me los habían mandado de arriba y GRATIS. –“Disculpen, soy de Argentina y estoy buscando a los Hijos de Dios, de la Aldea de Veiga, soy familiar”. “¿Ustedes los conocen?” –Pues sí mujer, claro, cómo no los vamos a conocer! ¡Aquí los conoce todo el mundo! Y agregaron una frase muy graciosa y gráfica: -“Si tú me sigues, io te pongo en la puerta de la casa”. Pero lo curioso era que tenía que seguirlo en la explicación, no significaba que iban a llevarme.


Cuando comenzó con las laaaargas, larguíiiiiiiiiiisimas explicaciones, y aunque cueste creerlo, por la vereda de enfrente caminaba una de ellos: “¡Mónica, Mónica!” “¡Ven pracá que stá una prima que viene de Buenos Aires!” La pobre Mónica, que no entendía nada, me miraba atónita, mientras yo intentaba explicarle algo, sin saber muy bien cómo o qué. Finalmente, me dio el celular de su padre, sobrino de mi abuelo a quien llamé 10 minutos después.


Luego supe por él, que en ese lugar, por donde estaba pasando Mónica, vivía mi abuelo de niño, hasta adolescente, aunque hoy ya no existe su casa. Impresionante.



Todo fue muy gracioso. Conseguí teléfono en un bar donde me sorprendió ver una bandera Argentina y un mate. El dueño, emocionado y lagrimeando, me contó que había vivido 40 años acá y de lo triste que se sentía de haber tenido que abandonar nuestro país en el 2001 y no haber logrado regresar. Charlamos un rato largo y era llamativo lo bien informado que estaba sobre nosotros.



Llamé al celular y le conté a mi “nuevo primo” en unas pocas palabras, quién era y a qué había venido. Creo que todavía debe de estar tratando de entender lo que le dije. Se cortó. Se me ocurrió que sería mejor darle tiempo para que reaccionara y me senté a tomar un café. Al rato volví a llamar e inmediatamente me preguntó dónde estaba y me dijo que me pasaría a buscar, que ya salía para allá.



Como mi idea era ir caminando, le dije que ya me ponía en camino y nos encontrábamos por ahí. Le pregunté cómo iba a reconocerme y contestó: -“Pues es muy sencillo, por aquí nunca viene nadie”. Nos encontramos en el puente y de ahí a su casa, donde para mi sorpresa, esperaban 4 hermanas suyas, su mujer y más tarde llegarían sus tres hijas, entre ellas Mónica y sus dos nietos. Toda una familia en pleno.


A partir de ahí… un descalabro. Eran 22 hermanos, algunos ya no estaban por estos domicilios y otros distribuidos por el mundo. Familia numerosa. Fue muy gratificante ver los ojos celestes de varios de ellos, porque mi hermana mayor y yo, tenemos ojos azul celestes, pero no había antecedentes familiares con excepción del abuelo de ojos claros, aunque grises. Siempre nos preguntamos de dónde salíamos. Bueno, ahora ya lo sé.


La casa familiar es enorme y Manolo me llevó a recorrerla. Ovejas, cerdos, pavos, plantaciones, jamones, vinos de la última vendimia, las despensas...vida de campo. Muy fácil, querés higos...los sacás de la higuera, lógico! Pimientos de Padrón...de la cosecha a la mesa! Tomates, papas, zanahorias, bueno, ya saben, como en el campo. Y el tema de los animales, difícil para una porteña o para cualquiera que viva en ciudades como Buenos Aires y no críe para consumo personal.


Es realmente emocionante ver cómo cada día, comparten el almuerzo y las tardes todos juntos y luego se van a sus casas. Para una Caroline Ingalls en potencia, como quien escribe, era muy conmovedor. Es una imagen que me ha quedado grabada. La alegría del encuentro diario. Una familia que se quiere.


El plan original era dormir en Carballiño, conocer la Aldea y seguir hacia León y Burgos, para bajar directo a Madrid y volver. Pero la verdad es que al conocerlos, sólo quise quedarme con ellos y renuncié a retornar al camino. Y no me arrepiento de haberlo hecho. Gracias a su hospitalidad y tiempo, pude reconstruir en mi memoria, las historias que el abuelo contaba en mi niñez y aprender a tomarles cariños en muy poco tiempo.


Cada anécdota se iba convirtiendo en realidad. Y ahí donde le contaba a Manolo sobre el molino, o el puente Romano, o lo que fuera, subíamos al auto y para allá rumbeábamos. Lo abstracto se iba materializando y era muy emocionante. Los aromas, los sabores, los recuerdos de cada uno conformaban cuentos familiares. Las mujeres recordaron el nombre de la Aldea de las abuelas, Mesiego, lo que me llenó de felicidad, porque creí que no iba a saberlo nunca. Fuimos, pero hoy se ha convertido en una zona muy residencial, y poco queda de lo que ella contaba. Su casa ya no existe tampoco. Círculos que se completaban. Qué extraño es esto de llegar a un lugar desconocido, con gente desconocida y sentirse “familia”. Recorrimos todo lo posible, incluso me acompañaron a Orense una tarde, para sacar el pasaje de tren a Madrid. Como había un par de horas intermedias, volvimos a Carballiño a cenar y otra vez a Orense.



Gracias familia por haberme devuelto sensaciones que pensé que nunca iba a sentir de nuevo. Sólo le pido al Cielo, que me dé la posibilidad de volver a verlos y agradecerles por su cariño, por su tiempo y dedicación.





Seguimos luego.

Desde el alma y con el corazón
Liliana Marcela Pérez Villar
lilianamperezv@gmail.com
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